
He leído el segundo libro de los que traje de Lima, “Mar de alucinados”, con el subtítulo: Historias de pescadores. Son 7 cuentos de “autores peruanos”, publicados por el Fondo Editorial del Pedagógico San Marcos, Arteidea editores, en junio del 2005.
Es un pequeño libro de formato atractivo, con una bonita portada, cuyo arte, alegórico al tema, pertenece a Tota Juárez (felicitaciones, Tota), y excelentes ilustraciones interiores por Bruno Portuguez (de igual manera, felicitaciones para Bruno. Muy lindos tus cuadros).
El primer cuento, “Mar afuera”, pertenece a Julio Ramón Ribeyro. Un buen relato en toda su extensión. Sobrio, recatado en el uso de la violencia y centrado en el objetivo de crear la expectativa sobre la actuación final de los dos personajes principales. Una sola observación (¿quién soy yo para observar algo en un cuento de JRR?), el malvado del cuento es 100% malo y sabemos bien que ese tipo de persona no existe. Salvo el diablo, que con cierta frecuencia aparece como personaje en la literatura. Este pequeño desliz me hizo perder la entrega total a la fantasía del relato. Mi suspensión del descreimiento se frustró cuando detecté que “Janampa” no tenía una astilla de bueno.
El segundo, “Pesca”, de José Hidalgo, me capturó con mayor rapidez. La historia es inocente, infantil. He vivido situaciones parecidas a algunos de sus episodios y la trama me transportó de inmediato a orillas del mar. Las metáforas, las similitudes que utiliza el escritor son tiernas y veraces. No hay frases trilladas en este relato, “las algas en la peña crecen lo mismo que una cabellera.” “El mar propicio para la pesca, enseña su fondo verde.” Desde el principio sabemos lo que pasará, pero continuamos entusiastas la lectura gracias a la belleza e inocencia de lo que se nos cuenta. “Aprendemos a coger tramboyos con las manos.”
Otra cosa notable es el tono con el que el narrador habla de “Tilingue”, lo llama “el cholo.” Sin embargo, su relación con él es del más íntimo respeto. Es la del joven curioso con su posible maestro. Las descripciones del entorno geográfico, social y sicológico son limpias e imparciales. Se aprecia lo que ocurre sin la contaminación ideológica. El lector puede construir en su mente la situación y el transcurso ideológico por su propia cuenta y a partir de los hechos desnudos. Otro sí: El señor Hidalgo conoce muy bien las interioridades del la playa y del mar. Efectivamente, las chuitas son buenas, estofadas, con vino tinto para acompañar.
“Cosas de hombres”, de Julio Ortega, es uno de los mejores relatos que he leído de este escritor. Un poco intelectual, como corresponde a su estilo, pero bien narrado. No muy largo, son sólo tres páginas. Conciso, alegre y constructivo. Algo extraña la trama, dado que los hombres de mar, si bien es cierto son en extremo supersticiosos, respetan la vida humana a ultranza. Un poco raro que decidan arrojar al mar a un individuo que ellos saben no puede nadar.
De allí para adelante, la cosa se degrada en el libro. El siguiente cuento, de Óscar Colchado Lucio, “Vuelve la Moby Dick”, cambia de giro. En la primera página el narrador menciona que el personaje principal es aficionado a “recitar décimas en el sindicato de pescadores y en la casa (imagino que es un club de burgueses), de los burgueses, donde abundaba el trago y la buena mesa”, cosa que no logro entender, ya que no creo que a nadie se le ocurra hacer una casa o club de los burgueses, o que los pescadores de la costa peruana utilicen el término “burgueses” para llamar a nadie.
Después de más de diez truculentas páginas, el señor Colchado recurre al “Deus ex machina”, ya que fragua el hundimiento de la “Moby Dick”, en el que perecen debajo de “una ola gigante que arremetió como una tromba y sepultó a la chalana con los trece de a bordo.” Esto ocurrió en alta mar y se supone que el personaje principal, un tal Bobadilla, es el que hunde la lancha. Perecen los trece. Nadie se salva. Mas luego aparece, vivo, Bobadilla, desde la primera página, sin ninguna explicación de por qué no murió en el hundimiento de la lancha y de cómo se salvó.
“Con la piel del crepúsculo”, de Gonzalo Pantigoso, es el penúltimo cuento de este libro. Dos páginas. Es más un poema que un cuento. Lleno de misterios inexplicados que el narrador coloca estratégicamente, en un intento por crear algo que parezca un relato. No lo logra. Es raro encontrar un cuento de JRR o de José Hidalgo junto con uno como éste que comentamos, en un mismo libro.
El último escrito, “Piel de merluza”, de Rafael Inocente, es de otro lote. Pertenece a una antología del Sanatorio Larco Herrera. Me parece una falta de respeto a tanta persona que escribe y no logra ser publicado o escogido para una antología. Es una afrenta a JRR, Hidalgo, Ortega, etc.
El señor Inocente tiene un exceso de testosterona en el cuerpo (una anciana nunca tiene el torso tan erguido que sugiera “una fálica erección de su espina dorsal”. Más bien, los ancianos tienden a encorvarse con el tiempo y las angustias de criar, por muchos años, a sus hijos), y un desconocimiento profundo de la conducta humana, especialmente la de los ancianos, y de los valores que merecen ser inculcados en nuestros jóvenes.
Como consejo, para el señor Inocente, el sabio persa, Mani, y su doctrina, han pasado al olvido hace muchos años. Creo que un tal Buda y posteriormente otro tal Jesús de Nazaret, vinieron a contradecirlo con éxito remarcado.
Por último, el señor Inocente le ha hecho un flaco favor a Paita. Después de leer este escrito, por lo menos yo, no me atrevo a visitar esa ciudad. Tengo 67 años y el pelo blanco.
Bien, esta es mi lectura y puedo estar equivocado. Total, yo solo soy un humilde lector que emite su opinión. Si alguien está en desacuerdo, comente por favor en mi blog. Publicaré todos, absolutamente todos, los comentarios que reciba en esta oportunidad. ¡Dios me coja confesado!















