sábado 28 de enero de 2012

Cuenticos violentos: El arte del trapecio

Tomado de "El Malpensante"
Por: Francisco Gutiérrez Sanín

¿Cuál es la realidad actual del conflicto y qué tan cerca está la paz? Las muy mediatizadas respuestas parecen estar muy cerca de la ficcíón.



Con motivo de la muerte en combate del máximo comandante guerrillero, alias Alfonso Cano, el presidente Santos, quien en un principio había mostrado una actitud más autocontenida, finalmente pronosticó el fin del fin de las Farc. Parece que no pudo aguantarse. Pero en eso no hizo sino seguir el rastro que ya habían dejado incontables analistas. Con una importante glosa: para un político producir predicciones erradas no es deprimente, porque de hecho su carrera lo obliga a incurrir sistemáticamente en “desaciertos constructivos”. En proponer metas “casi alcanzables”. Pues en política el desempeño es también una función de las expectativas. Por eso a veces conviene que éstas siempre vayan un poco más adelante de las posibilidades reales. En cambio, para el analista social la precisión y el rigor son, o deberían ser, una guía central para su paciente labor de artesano. Ésta es una de las muchas dimensiones de la tensión entre la “lógica de la transformación” y la “lógica de la interpretación”, para adoptar los términos del análisis de Lévi-Strauss sobre el activismo de Sartre. 

Bueno, es posible que el fin del fin de las Farc haya llegado. O puede que no. Es una cosa en la que hay elementos probabilísticos y contingentes. Pero si refrescáramos la memoria con algunos cuenticos violentos emblemáticos, podríamos aprender a ser un poco más precavidos. Aquí van tres.

Primer cuentico. El 8 de mayo de 1970, el periódico El Tiempoeditorializó acerca de las Farc. El título del artículo era “Se desmoronan las guerrillas”. La lucha entre las líneas Pekín y Moscú había llegado, decía el periodista, a un clímax (esto sí era rigurosamente cierto). Moscú, en un esfuerzo por marcar inequívocamente sus diferencias con la otra potencia comunista, había decidido “la liquidación de las Farc”. A Tirofijo lo sacarían del país, “por la vía clandestina”, para llevarlo a una jubilación forzada tras la Cortina de Hierro. Se frustraban los planes de “quienes pretendían ensangrentar a Colombia”.

Segundo cuentico
. En 1973, el Ejército llevó a cabo con total éxito una operación de rodeo y aniquilamiento contra el Ejército de Liberación Nacional (ELN). Le infligió una derrota absoluta. Reforzada, es cierto, por las terribles purgas internas que ese grupo había adelantado periódicamente contra sus propios cuadros. El eln dejó de ser una realidad operativa. Detrás de la consigna no existía, en la práctica, nada. ¡Pero la consigna siguió viva!, pese a las continuas y erráticas historias de brutalidad y ceguera a las que estaba asociada. Redes de activistas, jóvenes encandilados por el heroísmo o con exceso de adrenalina, campesinos enfurecidos o atemorizados, gentes de acción galvanizadas por el fusil y la capucha, sacerdotes llenos de indignación moral, fueron muy gradualmente agrupándose alrededor de la sigla. Los más enterados, como el cura Pérez, querían limpiarla de sus impurezas, rescatar el proyecto (la propia vaguedad de la propuesta era lo que la hacía viable). Diez años después de su aplastante derrota, el eln era de nuevo un grupo imponente. Y más difícil de derrotar que la versión original.

Tercer cuentico. En 1992, en Lima, fue capturado Abimael Guzmán, el “Presidente Gonzalo”, jefe absoluto de una guerrilla rural maoísta (Sendero Luminoso) a la que en el momento de su presentación en sociedad, en mayo de 1980, nadie tomó en serio. Sendero pronto se volvió para los peruanos el epítome del salvajismo. Pero para sus seguidores, Gonzalo se convirtió en cambio en una suerte de deidad: la cuarta espada del marxismo, después de Marx, Lenin y Mao. El cerebro de Gonzalo era “la culminación de miles y millones de años de desarrollo de la materia” (no, no es chiste). A finales de los ochenta, Gonzalo declaró que Sendero había arribado a la etapa del equilibrio estratégico, e inició la ofensiva sobre las ciudades. Creía que iba a ganar. Pero algo se quebró en su voluntad después de su encarcelamiento, exhibición en una jaula con un traje a rayas y posterior condena a cadena perpetua. El ultrarradical, queriendo buscar beneficios, de pronto comenzó a contemporizar con Fujimori y Montesinos, y en 1993 estaba pidiendo públicamente un acuerdo de paz con el Estado. El descarrilamiento del semidiós terminó de desconcertar a sus seguidores, y Sendero acabó –si me permiten utilizar la terminología del propio grupo– en el basurero de la historia.

No crean que me voy a aguantar las ganas de proponer moralejas para cada una de estas historietas, que en todo caso admiten diversas interpretaciones. Para la primera: lo que hoy parece obvio puede resultar totalmente desenfocado y grotesco al cabo de algún tiempo. Precisamente porque lo que se dice para la opinión tiene inevitablemente un doble carácter –orientarse en el mundo, pero también motivar–, se basa en documentación selectiva y en indicios filtrados. Por eso, en una sociedad compleja alguien debe tener la función explícita de desconfiar. Para la segunda: por más que se quiera negar, Colombia está llena de materiales explosivos, y no parece que baste con una victoria militar. La interpretación collierista de las guerras contemporáneas las reducía a un puro problema del aparato digestivo (la mejor definición que conozco de esa clase de lectura es la de Chris Cramer: es puro marxismo vulgar, solo que puesto patas arriba), y por consiguiente de fácil solución. ¿Cuántas publicaciones internacionales se toman en serio hoy los planteamientos originales de Collier? Pocas (if any). No ciertamente las que segrega el propio Collier, cuya táctica ha consistido en ceder terreno sin admitirlo nunca explícitamente.

Pero aun si bastara con una victoria militar... Y eso me lleva al tercer cuentico. Las Farc son una organización sui géneris. No son como Sendero y como muchas otras guerrillas, que concentran el máximo de poderes y habilidades en una cabeza visible. La saga de la lucha armada de inspiración marxista está llena de cultos histéricos a la personalidad. No así las Farc. Tirofijo fue, máximo, un primus inter pares. Es solo un ejemplo. Las Farc tienen una estructura rara, distinta, altamente resistente. Sí, son un grupo terrible. Pero no, no son tan fáciles de acabar. Y sí, sí hay relación entre esa estructura y nuestra atormentada trayectoria política.

Claro, la sucesión de golpes de pronto finalmente produce el quiebre crítico... Pero estas cosas son impredecibles. Así que si no nos damos cuenta de que necesitamos mucha, muchísima política de la buena, de pronto tendremos guerra para rato.

O de pronto no.